El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad

Me han recordado la importancia de ser humilde siempre. Sobre todo cuando eres experto en una materia y te crees el rey del mambo. Es en esos momentos cuando debes comprender los no tan amplios conocimientos ajenos y apoyar, ayudar y explicar con paciencia, aportando correcciones de forma tranquila y con buenas maneras.

Cuando alguien me pide ayuda para editar un medio impreso y me enseña las imágenes que quiere insertar, sacadas de Internet o tomadas con el teléfono móvil o con una cámara digital configurada para que quepan miles de fotos pero con calidad horrorosa me río, me despiporro. Digo que eso no sirve para nada, que vuelva a empezar, que lo deje… Hoy me han recordado que no se puede saber de todo y que de todo se puede aprender, incluso de humildad.

Hace unos días escribí aquí sobre un artículo que estaba preparando para una publicación, sobre cine y comunicación, con otros compañeros de la universidad. En la fecha indicada, con prisas como siempre, entregue mi texto. Estaba convencido de que sería digno de publicar y convencido de su corrección redaccional. No era tan cierto.

Una compañera, profesora de literatura, lo ha leído y me ha hecho correcciones de tipo básico que me han producido cierta vergüenza.

Con paciencia se ha sentado a mi lado y me ha comentado, uno por uno, los errores de estilo que aparecían en mi texto. Yo, que no tengo abuela, que me creo la repanocha, he aprendido en cuestión de minutos que no estoy a la altura de una gran cantidad de profesores en materia de estilo. Es cierto que puedo preparar una noticia sin casi errores, dando al redactor de mesa (cargo ya casi desaparecido) muy poco trabajo, pero mucho tengo que leer y aprender si quiero, algún día, escribir un ensayo. Eso es lo que me han recomendado.

Para coger pluma, estilo, se deben dedicar muchas horas a la lectura de ensayos y al repaso de los textos escritos. Me han recomendado que después de escribir un texto debo guardarlo en un cajón quince días y, pasado este tiempo, volver a repasarlo. Encontraré entonces, me dicen , gran cantidad de errores que en su momento no identifiqué. También es cierto que nunca se tiene este tiempo. Sobre todo siendo español, nacionalidad que trabaja mejor bajo presión y que hace las cosas el último día y con prisas.

No son tantas las correcciones a realizar, no son tan exageradas y no se trata tanto de faltas de ortografía como de giros y recursos estilísticos, pero son correcciones que debo aceptar y esforzarme, en otra ocasión, en entregar un texto más correcto.

No me sientan mal las críticas, las acepto de buen grado cuando reconozco en la persona que me corrige a alguien más experto que yo, pero es cierto que se te queda cara de tonto y un cierto malestar en el pecho pensando: ¿seré tan malo, tan paquete? ¿Qué pensarán de mí el resto de compañeros autores, cuando la editora comente a los demás mi faltas? ¿Cometerán los demás, profesores de Lengua, de Arte, de Comunicación audiovisual, de Antropología y de Redacción periodística tantos errores como yo? La respuesta surge rápidamente, seguro que no.

Pues nada, golpe de humildad, agachar las orejas y a corregir siguiendo las indicaciones recibidas. Y cuando estos compañeros vengan a mí con sus dudas en temas de tecnología, empresa o diseño y comunicación, recibirles con una sonrisa, con tranquilidad y comentarles cómo pueden mejorar y ser más eficientes de cara a futuro.

El secreto de la sabiduría, del poder y del conocimiento es la humildad. Ernest Hemingway.

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